Argentina: un País, dos Visiones

lunes, 15 de diciembre de 2008

Un artículo de Jorge Rachid

El Gobierno Nacional ha atravesado en su primer año de gobierno, un período cargado de turbulencias y tensiones, producidas en parte por medidas profundas de propuestas de cambios estructurales, como por desaciertos políticos, que condujeron a la reacción de los factores de poder históricos en nuestro país y de una ofensiva de la oposición hasta entonces inexistente, aglutinada a empellones por la realidad.

La pregunta sería si las tensiones son o no, propias de las políticas de cambio y si son saludables al desarrollo de nuestra democracia, joven, todavía limitada, como a adherir ciegamente, a las políticas de Mercado y organismos de crédito internacionales o a sucumbir como “autocracia cesarista” denostada por el gobierno global, sus ejecutantes económicos como FMI y BM y sus socios locales, siempre dispuestos a copiar modelos externos.
Debo decir que las tensiones son propias de la política en general y de las políticas sociales en particular, al modificar los cuadros de situación existentes, los actores de la realidad y las bases de construcción del modelo de construcción. Sin tensiones no hay cambios y sin cambios se congelan situaciones de injusticia y modelos culturales ya agotados y repudiados por el pueblo argentino, como el período neoliberal del 76 a la fecha.

Esto no quiere decir que todo cambio sea en la dirección correcta, ni importa juicios de valor absolutos, ya que la visión nacional, requiere de pensamiento crítico. Es mas aún, quien pierde el pensamiento crítico deja de ser sujeto activo y comprometido, para transformarse en oportunista o funcionario todo terreno. Tampoco quiere decir que el desarrollo natural del pensamiento crítico sea el de francotirador de la realidad como testigo de la historia o del oposicionismo constante, como una forma de individualismo acendrado, producto sin dudas del tráfico ideológico de la cultura dominante en las últimas décadas.

Así fue como la confrontación con el sector llamado campo en que fue derrotada legislativamente la posición oficial, fue saludada con entusiasmo como reafirmación de la democracia, mientras que las políticas que demolieron el mayor saqueo de las historia contemporánea del ahorro interno genuino de los trabajadores, al eliminar las AFJP por la misma vía fueron catalogadas por la oposición, como contrarias a derecho y desvirtuadoras de la “propiedad privada”. Podríamos seguir con los ejemplos del maniqueísmo que se expresa en los medios cuando las políticas implementadas no responden a los intereses históricos de la versión oficial de la historia en nuestro país. En ese sentido el “mitrismo” sigue haciendo escuela, en la tergiversación de los acontecimientos en una mirada centrista en lo internacional y apocalíptica en lo nacional.

No todo es blanco o negro, en realidad nunca lo es excepto cuando se discute de cuestiones que no tienen discusión como la fe y la moral, ámbitos donde cada uno desarrolla sus convicciones desde una cultura y un modelo de vida, que trae desde la historia familiar trasmitida, hasta pautas de conductas de su propio tiempo histórico. El maniqueísmo se expresa entonces en valores absolutos, inmodificables, de verdades pétreas, imágenes congeladas, en donde el enemigo, adversario o contrincante, siempre debe ser demolido en función de reafirmar sus propios conceptos, donde no hay victoria sin demonización, ni diálogo posible con quienes se pugna desde esas posiciones.

Sin embargo la cuestión nacional, que siempre es postergada como eje de discusión, permite que quienes apuestan al fracaso, por razones de especulación financiera o por manejo externo de recursos naturales o por cuestiones de control político geoestratégico, tengan su primavera ante el canibalismo doméstico, que impide erigir un proyecto de país soberano, en donde las políticas de Estado puedan ser estructuradas por el campo nacional, en defensa férrea de un destino como Nación.

El liberalismo y los sectores políticamente “correctos”, llaman a consensuar las políticas. Acaso se puede sintetizar la injusticia con la justicia?. La impunidad puede ser socia del futuro?. Se puede consensuar una política que privilegie el industrialismo con una que proteja la especulación financiera o al menos no se atreva a oponerse? Se puede plantear distribuir la riqueza en un país donde después de 32 años aún quedan 10 millones de compatriotas en situación de pobreza? Podremos quizás discutir de seguridad sin un arma en la mano ni denostando jueces llamándolos “garantistas” cuando no existe el derecho sin garantías, ni la justicia sin tiempos? Llegaremos a plantear de cara a la sociedad, como se discute hoy de los derechos humanos y los correctos juicios al genocidio, la necesaria reparación histórica de generaciones de jóvenes arrojados al día a día, sin futuro ni proyecto personal, ni expectativas de vida, productos de familias demolidas por la lógica expulsiva de los 90? Terminaremos de escuchar a los gurúes de la City aconsejar como protegerse de los Gobiernos populistas desde la timba financiera que se acaba de derrumbar en el mundo y que antes llevó a la Argentina al borde mismo de la disolución?
Sin dudas consensuar no es conceder alegremente en relaciones carnales con los responsables del fracaso y el coloniaje.

La pregunta es si se puede ser oficialista crítico en nuestro país, dominado por la crispación y la intolerancia y la respuesta es sí. Se puede si el planteo crítico es desde una mirada nacional y popular, lo imposible es plantear las críticas desde posiciones neoliberales.
Por ejemplo, puede ser que las formas a veces sean prepotentes en función de necesidades de urgencia de Estado, otras que estén mal planteadas o peor aún que sean políticamente encaradas en forma incorrecta, pero lo que no se puede es estar en contra de medidas estructurales que fortalecen nuestra capacidad soberana de decisión, como el tema de las AFJP, las medias proactivas de reactivación económica frente a la crisis, o jugar del lado de los vaciadores de los activos del Estado como el caso Aerolíneas, donde se termina defendiendo las posiciones de los codiciosos mercachifles, lo mismo que Aguas Argentinas o tantos empresarios extranjeros que compraron por monedas, prometiendo inversiones que nunca llegaron, vaciaron la empresas, se quedaron con los sectores rentables abandonando las poblaciones dispersas y de menores recursos y ahora piden subsidios del Estado para seguir operando.
La respuesta de algunos medios es que debemos cuidad el capital extranjero aunque sea estafador, aunque sea evasor, aunque sea coimero de funcionarios argentinos, en una muestra mas del genial Jauretche en su Manual de Zonceras Argentinas. ( ver “las fuerzas vivas y los vivos de la fuerza”)

Pero el Peronismo también está en deuda política y social con nuestro pueblo y aún no la ha saldado. Hemos gobernado períodos tormentosos, hemos atravesado situaciones inéditas, siempre hubo respuestas tácticas a coyunturas dramáticas, pero los actores de “la pizza y el champan”, algunos son los mismos de la nueva etapa impregnada de latinoamericanismo y justicia social. Alguno de los mismos protagonistas, con el mismo énfasis para la defensa del vaciamiento neoliberal como ahora del rol del Estado en ésta etapa, sin que medie análisis profundo ni reinserción en el compromiso con el pueblo. Eso genera desconfianza y alejamiento. El pueblo que todo lo computa, es en su conciencia colectiva quien determina los nuevos paradigmas de los próximos tiempos, que determinarán los signos de la historia argentina.

Nos debemos un debate desde lo internacional hasta la reformulación del Estado de Bienestar de estos tiempos, en la construcción del modelo social solidario que sostiene de nuestra doctrina.
Los modelos prebendarios no son de nuestro patrimonio, como no forman parte de nuestros anhelos las formas de utilización de la pobreza que arrasa la dignidad en pos de lo electoral, ni la fragmentación de la salud y el derrumbe los conceptos de Ramón Carrillo, ni la privatización de las Obras Sociales a través de las prepagas, ni la consolidación de las escuelas express en detrimento de la escuela pública.

Pero si forman parte de nuestra doctrina las políticas laborales con la ampliación de los puestos de trabajo, la demolición de la legislación antiobrera de flexibilización, las respuestas a los jubilados después de años de congelamiento y sometimiento, las políticas preactivas de industrialización, la política de derechos humanos, la concepción latinoamericana de las relaciones exteriores, la eliminación de las AFJP, el rescate de las empresas monopólicas del Estado vaciadas y entregadas en el festín de la ideología del remate, la recuperación de los espacios aéreos, terrestres y marítimos como forma soberana de ejercicio del poder, el UNASUR y la alianza estratégica con los pueblos latinoamericanos, la consolidación de la democracia como ejercicio del poder.

Sin dudas como síntesis de un debate alcanza con el enunciado de temas que preocupan y determinan confusión cuando no son tratados frontalmente. Al decir de Artigas “con la verdad no ofendo ni temo” y el poder y la oposición tienen el deber de expresar la verdad al pueblo argentino. Hemos perdido una guerra en los 80 que todavía estamos pagando con las presiones que generan los centros internacionales de poder. Lo hicieron con el Plan Brady, con el endeudamiento externo, con la apropiación del ahorro interno, con el desmantelamiento de las tecnologías de punta: Plan Cóndor y Nuclear Argentino, la pérdida de los recursos naturales estratégicos ahora en plan de recuperación, determinaron el Consenso de Washington para las democracias incipientes como forma de control político.

Recomponer el mapa nacional es tarea de todos los compatriotas comprometidos del campo nacional que se atrevan a recuperar la identidad nacional, sin especulaciones con los medios o las encuestas siempre dispuestos a consolidar el status quo del poder, a no mover las fichas, al no se puede.

Por último creo firmemente que el camino es reconstruir las esperanzas y generar nuevas utopías a las jóvenes generaciones, que derroten el abatimiento, convocando, movilizando a la solidaridad activa, a la construcción de un destino común en un marco de justicia social y dignidad para todos los argentinos. Hacerlo desde la humildad y sin rencor, sellando la unidad del campo nacional frente al triunfo de la fragmentación que generó el neoliberalismo. Rescatar los conceptos de Comunidad Organizada como forma de dirimir los conflictos de intereses de nuestra sociedad, el tercerismo como forma de afianzar la confianza en nuestro propio camino de construcción, el fortalecimiento de los valores como herramienta de futuro y reestablecer la confianza de que los argentinos somos capaces de crecer juntos nosotros y nuestros hermanos latinoamericanos.


DR. JORGE RACHID

CABA 13-12-08

Lecciones de una guerra incierta


Algunas reflexiones didácticas

¿La guerra del futuro?


Escribe Julián Licastro

Llamo a la guerra en Irak una guerra incierta. Incierta por sus orígenes, que van desde una falsa denuncia por la existencia de armas de destrucción masiva, a la geopolítica del petróleo y el control del Medio Oriente. Incierta por su desarrollo, con errores de enfoque y cambios permanentes de estrategia y tácticas. Y también incierta en las formas de encarar una retirada responsable, que no haga que el remedio sea peor que la enfermedad; porque hay conductores políticos que, “jugando a la guerra”, a veces no comprenden la naturaleza y las consecuencias históricas de las acciones bélicas que ellos mismos fomentan, contra el consejo de los verdaderos estrategas.

Hace pocos días la tardía autocrítica de un presidente saliente, en cuanto al “error” de apreciación sobre la peligrosidad de las armas en poder de Bagdad, y su reconocimiento de no haber estado él bien preparado para conducir una guerra de esta magnitud, facilitan la extracción de lecciones objetivas sobre este conflicto que, pese a todas sus incógnitas –o precisamente a causa de ellas- es considerado por algunos analistas como “la guerra de futuro”.

No tenemos la pretensión obviamente de enseñar nada a los ejércitos de las potencias, sino aprender algo de la experiencia ajena que, transmitida con las claves de la interpretación histórica, puede contribuir a la docencia sobre el liderazgo en tiempos de crisis. Además, sabemos que los profesores de estrategia suelen enseñar la guerra que fue, y no la que es, ni la que será; aunque siempre sea necesaria la revisión crítica del pasado para poner a prueba los principios teóricos; y completar las soluciones creativas que deben aportar la imaginación constructiva y la penetración profunda de la realidad que los conductores enfrentan.

El tema es apasionante si se piensa que ciertos tratadistas ven el porvenir de la guerra dentro del marco del “choque de civilizaciones”, lo cual otorga carácter predominante a los factores culturales; y si se considera además que el mundo marcha inexorablemente hacia una multipolaridad con acento en los grandes espacios geohistóricos, superando el interregno de la hegemonía excluyente de una superpotencia. Reflexiones que aterrizan el tema de estudio en nuestra América Latina, y especialmente en América del Sur, donde hoy se plantea con fuerza una nueva asociación basada en la identidad cultural y la unión regional.

Es hora pues de aprender de este conflicto tan amañado como cruento, ya que podemos analizarlo fuera del bombardeo mediático que trató de acomodar el relato de las operaciones militares a las necesidades políticas del gobierno de turno y sus urgencias electorales. Por lo demás la sociedad estadounidense, como la elección del nuevo presidente lo ha demostrado en parte, superó el grado de tolerancia a la violencia que toda comunidad tiene, máxime cuando una guerra externa y no de sobrevivencia se torna crecientemente impopular.

Irak es el ejemplo de lo que puede ocurrir cuando la codicia política y económica es sobreactuada por “liderazgos” demasiados personalistas y de círculo; y del efecto negativo que en el frente interno, aún de las naciones más poderosas, pueden causar las guerras inútiles, por carecer de propósitos sostenibles en el espacio y el tiempo. Una toma de conciencia especialmente dura para un pueblo que, por el peso de una historia estéril, siente más vano el sacrificio de vidas.



¿Un choque de civilizaciones?

La decisión de hacer la guerra, dentro de un molde geopolítico bien asumido por el conjunto de la sociedad, ha sido, según la historia, el rasgo esencial definitorio de estados y coaliciones, cuando éstos creyeron en la justicia de una causa capaz de desatar la tragedia bélica, asumiendo sus riesgos y pagando su costos materiales y humanos, que a veces incluyeron la desaparición de generaciones enteras. Es sin duda alguna la decisión más difícil de tomar y la más sensible a la posibilidad de unir o dividir a la nación que asume este desafío agónico.

Esta dificultad se acrecienta enormemente en las contiendas que comprenden elementos étnicos y religiosos considerados de ”choque” entre civilizaciones; porque este tipo de guerra no queda limitada a un único escenario político o teatro de operaciones, sino que se expande fuera de control en la misma dimensión del universo cultural agredido. Así el enfrentamiento, lejos de aplacarse, puede autosostener la violencia en formas y zonas impensadas, aumentando la desconfianza y el encono por la perspectiva rígida de culturas distintas que se satanizan recíprocamente.

Esta rigidez impide comprender la lógica de actuación del otro negado, y aceptar las opciones y decisiones que los pueblos mismos van eligiendo y tomando, lo cual alienta a los sectores extremistas de todos los países involucrados. En este clima aparece la tentación de la diplomacia coercitiva y la guerra preventiva; o sea la sustitución de la verdadera diplomacia por la amenaza y el ultimátum, seguidas de acciones ofensivas contundentes, cuando aún no están definidas del todo las condiciones irreversibles de un conflicto, que se puede evitar.

La subestimación del adversario que con frecuencia implica la arrogancia o el fanatismo, es otro de los asuntos complicados de un planteo del tipo “cultura vs. anti-cultura”, donde el oponente debe allanarse a un modelo político impuesto, aceptando autoridades locales de un gobierno que no gobierna por falta de representatividad, ineficacia y corrupción. La escalada a niveles genocidas de violencia sectaria, en Irak como en los Balcanes, es la parte más oscura del drama de las luchas internas de “limpieza” étnica o religiosa, constituyendo toda “una guerra dentro de la guerra” con la que no contaba la fuerza expedicionaria.

Por lo demás, no se puede pecar de ingenuidad o de cinismo en la alternativa de una guerra de ultramar, frente al prejuicio de las conquistas y colonizaciones que demarcan la historia del mundo; porque allí está claro que toda invasión implica humillación del invadido, y toda ocupación, en especial si se prolonga, es vista como una opresión intolerable. Luego, “liberar” Bagdad resultó algo muy distinto que liberar Paris en la Segunda Guerra Mundial, generando aquí una irritación y una resistencia al extranjero capaz de unir a los sectores internos para desalojarlo de la tierra común.

De este modo, se fue neutralizando la amplia superioridad tecnológica y logística del despliegue original, y se fue perdiendo la iniciativa en la acción, visto el fracaso de una doctrina inicial de guerra rápida y corta, como ideal no siempre posible que puede derivar en un empantanamiento de las fuerzas. ¿Cuánto tiempo más se puede seguir combatiendo en una lucha que se cree perdida, sea en lo militar o en lo político? ¿Cuáles serán las consecuencias inmediatas y mediatas de una probable retirada precipitada bajo presión enemiga?

Son preguntas obligadas, de un necesario análisis crítico, que deberán hacer pensar a los gobernantes del futuro sobre la conveniencia o no de ingresar en este tipo de conflicto de opción, de elección, no plenamente forzados por un dilema de sobrevivencia. Porque si la guerra siempre es difícil de explicar hasta lograr un consenso activo, mucho más arduo es tratar de convencer a un frente interno desconfiado respecto a los verdaderos intereses en juego, y a una opinión internacional que la juzga como una reacción excesiva y unilateral.

¿Coordinación político –militar?

Guerras como las de Irak, tan llenas de contrastes sociales y étnicos, y por tanto tan necesitadas del funcionamiento efectivo de gobiernos reales y propios que alienten la unión nacional y la reconciliación interna, implican de modo singular la cooperación y el trabajo común entre civiles y militares, para construir una plataforma adecuada a la orientación y contención de los esfuerzos estratégicos. Una manera de decir que la comprensión política de la situación general resulta clave, no como expresión de alineamiento partidista o faccioso, sino como eje de la conducción integral capaz de sentar las condiciones exitosas de una gran táctica en el terreno.

En este sentido, hay que recordar que toda crisis general es una crisis política, por una ausencia simultánea de liderazgo apropiado y de funcionamiento institucional; en particular cuando se ha dispuesto erróneamente la disolución total de las fuerzas armadas y las estructuras políticas preexistentes. En tal disyuntiva, el resultado no puede ser otro que el caos, que con su efecto disgregante se vuelve en contra del ejército extranjero que trata de controlar un territorio sin funcionamiento económico y carente de los servicios públicos elementales; y a lo cual se agrega el desconocimiento de los códigos de comportamiento masivo de una población lógicamente exasperada por su situación de necesidad e indefensión.

En este nivel se revela la habitual falta de información y formación política del viejo estilo de capacitación militar: ya que es tan mala la politización excesiva de los cuadros castrenses más jóvenes, como la excusa de un profesionalismo cerrado en los grados superiores, donde confluyen naturalmente los factores políticos y militares de una misma decisión. Los latinoamericanos debemos reconocer que sufrimos quizás más que nadie este síndrome de confusión, porque solemos pasar de la intrusión militar absoluta en el orden constitucional, vía los golpes y las dictaduras, al otro extremo representado por un apoliticismo vulgar que no se compadece del arte de la conducción estratégica.

Esta categoría de la alta conducción exige conciliar la misión política asignada por la comandancia en jefe, a veces con demasiada ambigüedad, y la tarea militar concreta que se debe realizar para alcanzar sucesivamente la serie de grandes objetivos que llevan a construir la victoria. Con este mismo espíritu militar y actitud estratégica, hay que iluminar constantemente esos grandes objetivos, para que no se extravíen en el desarrollo sinuoso y contradictorio de una guerra prolongada o permanente.

Esta problemática se agudiza con el funcionamiento a distancia del Estado Mayor Conjunto al máximo nivel, por más suficiencia de comunicaciones sofisticadas que disponga, porque siempre aparece la tendencia burocrática a distanciarse de la realidad del conflicto, que sólo se conoce de modo directo y comprometido en el campo de batalla. Esto molesta mucho a los comandantes en el terreno, que detestan los debates teóricos de los famosos “tanques de ideas”, cuando éstos no saben captar la naturaleza de los hechos de la guerra en sí, que son muy claros en el frente de combate.

¿Respaldo a la conducción estratégica?

En todo tiempo, lugar y circunstancia es bien sabido el efecto que tiene el liderazgo estratégico sobre toda una organización; el cual se amplifica en tiempos de crisis y se multiplica en períodos de guerra. Hay una forma fácil de rescatar este axioma que habla de “la parte vital del arte”, y es contrastar en el registro de nuestra memoria la larga lista de los generales victoriosos en la Segunda Guerra Mundial, con las pocas excepciones al término medio en Corea, Vietnam e Irak. Sucede que la fabricación en cadena de un generalato muy técnico o esquemático, no suele proveer en la actualidad guerreros brillantes y apasionados por su vocación, lo que se repite lamentablemente en todo el mundo.

Por esta razón, es tan digno de destacar el caso del último conductor de las operaciones en Irak que, no por casualidad, adjunta a su experiencia en combate, entrenamiento y doctrina, un doctorado en historia militar. Esta es la fuente de inspiración, sin duda, de los principios clásicos de la estrategia y los preceptos de la filosofía de la acción; válidos también para transitar el camino sembrado de envidias e intrigas que siempre se manifiesta en la cadena de mando, haciendo cierto el presupuesto histórico de “la soledad del conductor”.

Estudiando el perfil de este comandante se pueden deducir los criterios de una personalidad exitosa en lo militar, a pesar de los errores políticos repetidos en el principio y en el desarrollo de la contienda. Para empezar su decisión correcta de no exagerar los logros obtenidos en una lógica de lucha sin tiempo, donde al pueblo protagonista de la resistencia le sobran las oportunidades presentes y futuras de revertir los resultados bélicos a su favor, porque no puede retirarse nunca del campo de batalla que es su propio territorio.

Una actitud, en consecuencia, realista, capaz de informar verazmente a las autoridades ejecutivas y legislativas de su país, con el coraje moral de no decir simplemente lo que ellas quisieran escuchar. Un espíritu humanista, dotado de capacidad de persuasión, contrario a la imposición, y con la resolución suficiente para hacerse cargo de la situación, lo que denota la cualidad carismática de su liderazgo: lucidez en la concepción y humildad en el ejercicio práctico del mando.

Si Irak, para bien o para mal, es un presagio operativo del desafío de los estrategas del futuro, estos son los valores a tener en cuenta, con la impronta, agreguemos, de una educación amplia y comprensiva de realidades culturales diferentes, pero no necesariamente opuestas hasta el exterminio. Una aleación difícil pero no imposible de lograr, que al reunir firmeza con abnegación, puede dar sentido trascendente a una vocación militar hoy aturdida por los arrolladores avances tecnológicos.

¿Comandantes tácticos idóneos?

Es imposible utilizar tácticas convencionales contra fuerzas obligadas al combate irregular y sorpresivo, y es un error tratar como terrorista al adversario insurgente que resiste la ocupación de su patria, más allá de cualquier argumento “justificatario”. Como también, resulta equivocado apelar a un centralismo excesivo, sinónimo de inmovilismo y pasividad, a causa de una administración retenida de los movimientos y las acciones de combate.

Pero la descentralización que se requiere sólo es factible con comandantes tácticos idóneos, entendiendo por tales a aquellos dotados de flexibilidad intelectual y capacidad de adaptación a los cambios, las novedades y las sorpresas permanentes. Comandantes con gran visión operativa, educados para pensar de manera amplia, dinámica y creativa. Este sería el modo de enderezar un derrotero mal encarado desde el comienzo por excesivo triunfalismo y despilfarro de medios.

Incorporar las ideas propias de estos comandantes combatientes es fundamental, no sólo para evitar la frustración de quienes no se sienten escuchados e interpretados por la conducción superior, sino para aportar al enriquecimiento de los contenidos tácticos en la ejecución de las operaciones. Estas operaciones tan próximas a la sociedad civil, que exigen el respeto a los derechos humanos, requieren también virtudes cívicas en quienes representan a una cultura y a un país en tela de juicio, y cuya imagen ética y moral queda al arbitrio de los jefes de cada fracción desplegada.

En el campo táctico, pues, esta clase de guerra diferente -lo digo para que aprendamos a protegernos de ella- enfatiza la moral de combate, la fuerte motivación que sólo produce la clarificación de los intereses en juego y la dedicación profesional-militar hasta el último detalle. Un equilibrio constante entre fuerza militar y sociedad civil, donde lo esencial es ganar la confianza de la gente. Su actor profesional debe ser un ciudadano soldado, un militar no militarista, que descarta una asepsia inconducente y pone en práctica con prudencia su responsabilidad de participación.

¿El fin responsable de la guerra?

Lo que alguien llamó “una desmesura geopolítica” consistió en la utopía y el negocio de lograr, por la vía de una expedición militar rápida y corta, una especie de “estado asociado” en Medio Oriente, rico en petróleo y clave para el control regional. Se trataba de aprovechar el desgaste de un gobierno dictatorial y la desarticulación de un país dividido por tendencias sectarias. Su proyecto más ambicioso era precisamente la partición territorial implícita, con el ensayo incompatible de un gobierno central aparente en un modelo demoliberal. Una cuña “democrática” en el mundo árabe de tradición política vertical.

Pero la amenaza de partición, de balcanización, produjo el efecto contrario en la perspectiva no fácil de una unidad y autonomía de postguerra. En el medio, quedó el resultado local efectista pero temporario del refuerzo militar, en el plano inclinado de una intervención crecientemente impopular para las autoridades de Bagdad y Washington. La elección presidencial del 4 de noviembre, junto a la crisis financiera que le está vinculada, produjo la eclosión de un plebiscito contra la guerra y el triunfo histórico de un voto de protesta demasiado evidente, porque se encarnó en el exponente de una minoría étnica postergada y con ancestros musulmanes. Toda una paradoja asombrosa, más allá de la trayectoria que a partir de ahora siga el nuevo presidente.

Pero hay conclusiones valiosas de esta guerra que, a grandes trazos, ya es posible asimilar, como la inconveniencia del militarismo, el unilateralismo y el aventurerismo, en el fin de una época de extraordinaria codicia económica por parte de los centros financieros globales. Ahora, para recuperar la gran política y la verdadera diplomacia, hay que salir de los enfoques obsesivos sobre determinados países demonizados, y abrirse a las regiones y al mundo con sentido de cooperación y no de un dominio total y reaccionario.

Los países de Unasur tienen aquí un espacio y un tiempo que se presentan como una oportunidad histórica imposible de desaprovechar, porque no sabemos cuanto durará ni si se repetirá, en el nuevo orden mundial que se está bosquejando. Nuestros proyectos nacionales, perspectivas geopolíticas y doctrinas de defensa tienen que confluir estratégicamente. La idea-fuerza es participar de modo equilibrado en el mundo de los grandes espacios políticos y económicos, a favor de la unión regional por identidad cultural y vecindad geográfica, para proteger y potenciar nuestros recursos naturales e históricos.

Entre la caída del Muro de Berlín, hace menos de 20 años, y la caída del otro muro, el de Wall Street, se abre un horizonte de posibilidades ciertas para nuestros ideales de soberanía, independencia y justicia. No seamos nuestros propios enemigos por viejos prejuicios y nuevas improvisaciones, que hasta ayer nos limitaron a un destino de frustración incomprensible, en un continente pródigo donde está todo por hacer.

Washington-Buenos Aires, 10 de diciembre de 2008.