EL CAMBIO EN WASHINGTON Y SU REFLEJO EN NUESTRA AMÉRICA

jueves, 19 de febrero de 2009


Autor Julián Licastro


“Esperar por prudencia es una virtud,
esperar por indecisión es un defecto”
Anónimo sobre conducción


Limitaciones actuales al cambio prometido

El fin de una época no es una línea que se sobrepasa rápidamente, sino una franja de tiempo larga y densa, que deben atravesar a veces varias generaciones, comprometiendo en ella toda su vida. Por esta razón, hace tanto que venimos hablando de “crisis”, sin haber emergido todavía de ella. Con este criterio, debemos analizar también las dificultades, cada vez más evidentes, que enfrenta la administración Obama para avanzar en el camino del cambio prometido.

Sucede que todo establecimiento de poder político y financiero declinante, siempre apela a sus dos armas favoritas ante la emergencia de lo “nuevo” que pone en peligro terminal su prevalencia: esto es la indiferencia y la difamación, en una sucesión de tácticas obstruccionistas no por reiteradas menos efectivas. Es lo que ocurre con las corporaciones transnacionales que lucraron hasta la exasperación pública con un capitalismo desbordado y sin reglas, y que aplican el peso contundente del aparato mediático que les está subordinado, para acusar de “socialista” o “populista” al menor intento de transformación.

Por consiguiente, Obama no ha tenido la célebre “luna de miel” que es habitual en el ciclo inicial de los gobiernos; ni tampoco la colaboración tradicional de la oposición, a fin de lograr el consenso fundamental para impulsar una reforma tan profunda como necesaria. Por el contrario, buscando el equilibrio con la participación de los republicanos, que aún no se dió, expuso un flanco de su propia base de apoyo. Todo esto, por lo demás, en un marco de desencanto y cuestionamiento de la ciudadanía respecto de la dirigencia política y económica, que relativiza, entre otros temas, un debate parlamentario mediocre.

Las corporaciones financieras, por su lado, actúan como si nada hubiese pasado, y hablan de la “crisis” en su versión de anonimato eludiendo toda responsabilidad; y aún reparten miles de millones de dólares -otorgados por el Estado, con dinero de los atribulados contribuyentes- en honorarios y premios para sus ejecutivos, en un escándalo de tal proporción que puede ser asimilado a una conspiración del poder económico organizado.

Por último, en forma relativamente similar, aunque en otro plano, también se hacen los distraídos los titulares de aquellos proyectos estratégicos que, como la reactivación de la IV Flota en las costas de América Latina, podrían registrar cambios de enfoque con nuevos criterios de política exterior y de política de defensa originados en el actual gobierno. La insistencia tan anticipada en tales temas, parece referirse más a una pugna de intereses internos y presupuestarios.


Estímulo económico o rescate financiero

Debemos destacar que la consigna de Obama cifrada en un plan de “estímulo económico” es diferente, no sólo en las palabras, al plan de Bush de “rescate financiero”, porque mientras ayer se subsidiaba al grupo de grandes banqueros, a quienes se premiaba por ejercer una especulación descarada, hoy se pretende apoyar la recuperación de la economía real, con recursos apuntados, lo más directamente posible, a promover la producción y el trabajo.

En términos generales, y no en el código críptico de la tecnocracia, podemos definir el plan de estímulo por algunos factores que a los verdaderos justicialistas les son familiares, por pertenecer al movimiento fundante de 1945 y 1946: la idea superior de amalgamar la unidad nacional con la reforma social; la protección y ampliación del mercado interno para emerger de la crisis; la presencia destacada del Estado y la formulación consiguiente de políticas activas para promover la producción; grandes inversiones en infraestructura y proyectos estratégicos; y una especial atención a los trabajadores, sus reivindicaciones y la satisfacción de sus necesidades sociales, asistenciales y educativas.



Estas y otras características con visos de similitud, han llevado incluso a algunos analistas1 a comparar a Obama con Perón, más allá de las diferencias obvias de tiempo, espacio y personalidad, afirmando que “el legado de Roosevelt, que supo canalizar al General, hoy inspira a la Casa Blanca”. No deja de ser una analogía interesante, cuyos orígenes en la teoría económica podríamos remontar a Keynes en la década del 30, y sus postulados, de sentido común, para superar los colapsos financieros y reactivar la economía.

Hoy, en realidad, este colapso no es la causa sino la consecuencia de manejos delictuosos en la administración financiera de los negocios privados y públicos, con un increíble grado de impunidad, que habla de lo difícil que será recuperar los niveles de credibilidad y confianza que requiere el sistema para funcionar en cualquier lugar del mundo. Y muy especialmente, en la sede del centro transnacional de la globalización que representa Wall Street, protegido territorialmente por el poder militar de EE.UU.


Dejar de lado a América Latina

Es un dato ostensible que América latina como conjunto ha estado prácticamente ausente de los discursos electorales de ambos partidos, con la excusa implícita de que la agenda presidencial en EE.UU. sólo se conforma con aquellas zonas involucradas en problemas estratégicos. En este esquema parcializado, donde no se advierten cambios vinculados a la necesidad y posibilidad de promover el desarrollo, la “presencia” de nuestra región se redujo al tema migratorio hispanoamericano, sin duda pendiente de una amplia reforma legal; y a las especulaciones periodísticas sobre cuántos dirigentes de esta extracción, aunque ya totalmente integrados aquí por generaciones, podrían ser llamados al nuevo gabinete ministerial.

Por supuesto, algunas referencias esporádicas a la lucha contra el narcotráfico empeñada riesgosamente en México por las fuerzas armadas; las incidencias del combate indefinido a la guerrilla en Colombia; y los comentarios hostiles a la Venezuela de Chávez, siempre en un tono más reaccionario por parte de los

1 Semán, Ernesto: ¡Obama y Perón, un solo corazón!, artículo fechado en Nueva York y publicado en el periódico Página 12 de Buenos Aires, el 8 de febrero de 2009. Semán es un periodista y escritor argentino, nacido en 1967, que reside actualmente en Nueva York.

republicanos. Un balance, como se ve, pobre de ideas y huérfano de iniciativas, que no registra la importancia del nuevo enfoque multipolar y multilateral que está modificando el tablero geopolítico y económico del mundo, por la vía de las dinámicas de integración regional.

Como se ha repetido muchas veces, EE.UU. hoy, sin perder por ahora la condición de única superpotencia militar, ha cedido la relatividad de los espacios intermedios al avance de grandes países que, con diferentes enfoques pero igual vocación de crecer y desarrollarse, han descontado la distancia que los separaba del poder hegemónico. Y eso hace, precisamente, que esa facultad discrecional no pueda ejercerse efectivamente, porque los otros países al progresar en su influencia económica, progresan también en su influencia política y diplomática, lo cual lleva irremisiblemente a otras exigencias de seguridad internacional y dimensión las estructuras de defensa.

Es lo que ha ocurrido visiblemente con los países BRIC -Brasil, Rusia, India y China- que no sólo aspiran a ocupar mayores porciones de liderazgo, sea singularmente o en el marco de alianzas de irradiación estratégica, sino que pueden interactuar entre sí para saltar en la calidad de su participación geopolítica. A la Argentina, obviamente, le interesa en especial la emergencia del Brasil, la cual debe suscitar una posición que trascienda el prejuicio, el resquemor y los celos diplomáticos que traten vanamente de desconocer “la realidad que es la verdad”.


Los liderazgos regionales se construyen, no se discuten

Brasil aún no ocupa un lugar en la primera división, pero aspira decididamente a lograrlo: pone en ello la cuota necesaria de vitalidad social, vocación política, unión nacional y estabilidad gubernativa. Argentina alguna vez manifestó estas virtudes en gran escala y por eso estuvo a la vanguardia del proyecto de integración continental, sufriendo las deserciones y obstrucciones que hoy algunos están tentados de reproducir contra Brasilia en forma extemporánea. Sería un error trágico, no sólo porque negaríamos la fuerza del regionalismo que luce distinta en el mundo multipolar, que en el pasado bipolar [EE.UU. –URSS], sino que nos privaríamos de compartir el proceso de integración económica y política con nuestra propia potencialidad, que es innegable, por el talento de nuestros recursos humanos y la riqueza de nuestros recursos naturales.

Es imprescindible entonces un verdadero análisis para comprender una situación que, además de inercias históricas indudables, contiene factores inéditos. Es lógico que Brasil subjetivamente -es decir, desde el punto de vista de su conducción- no quiera irritar a EE.UU. por la diferencia en poder y la probabilidad de que aliente a otros países de la región en su contra; pero objetivamente -en la escena geopolítica concreta- lo incomoda con la alianza Unasur. Este intento, obviamente, trata de reunir y hacer confluir proyectos nacionales contradictorios que sirvieron en otro tiempo a la metrópoli para “dividir y reinar” con un bilateralismo totalmente asimétrico.

De allí los esfuerzos inteligentes de Itamaraty, interpretados cabalmente por Lula, para no discriminar en el concierto continental ni a Venezuela ni a Cuba, a fin de evitar que se argumente la retórica “populista” o la nostalgia “foquista” para mantener latente las fronteras ideológicas de la Guerra Fría, que nos atrasaron al menos dos décadas. Y lo que es peor, podrían reaparecer de un modo u otro en la conflictividad social de una recesión global severa y prolongada, que recién empieza.

Para diseñar la nueva estrategia internacional que está pendiente, los argentinos debemos reconocer que, aunque de la mitad de nuestros problemas es culpable el imperialismo, de la otra mitad somos responsables nosotros. La anti-consigna inscripta entre los defectos de nuestra conciencia colectiva -para un argentino no hay nada peor que otro argentino- ha sido causante de los reiterados ciclos de euforia y depresión, construcción y autodestrucción, e incluso de una ansiedad política colmada de intolerancia e impaciencia que derivó muchas veces en divisiones y violencia.

Acompañar el intento de Unasur, trascendiendo los problemas del Mercosur con una visión superior de integración cultural y vecindad geográfica e histórica, puede ubicarnos en una senda de emulación y convivencia fructífera con Brasil, guiada por la identificación realista, no ingenua, de grandes objetivos comunes que es menester compartir para alcanzar. En una palabra: demostrar a la región y al mundo que podemos elaborar una agenda mancomunada ante la disyuntiva planteada por la expresión “unidos o dominados”, que formuló visionariamente un gran estadista.
El redescubrimiento político de Cuba

Otro país que merece una observación especial, en este primer panorama latinoamericano de la repercusión de los cambios políticos en Washington, es Cuba, que un poco sorpresivamente ha sido “redescubierta” a los fines de una rearticulación continental e incluso “hemisférica”, cuando parecía que el castrismo agonizaba. Sin duda, el régimen sufrió toda una transformación ideológica y estratégica, desde el triunfo de la revolución que contó con simpatías norteamericanas por su línea inicial democrática contra la dictadura de Batista, hasta su conversión al comunismo y el padrinazgo soviético.

Desde aquella posición -y amparada en su favorable condición de gran isla, en un espacio geopolítico sensible- apoyó a las fuerzas foquistas que libraron la guerra de guerrillas en casi todos los países de nuestra América por casi 30 años; e intervino fuertemente en el proceso de descolonización y las luchas internas y tribales en África. Esa es la etapa histórica que ahora entra al pasado, en paralelo al tiempo biológico de una generación de militantes en edad de retirarse. En este proceso, pleno a la vez de contradicciones y sacrificios, Cuba contó en gran parte de la opinión pública internacional con la simpatía que siempre genera el síndrome de David y Goliat.

Esa es la lucha que definitivamente ganaron los hombres de Sierra maestra, pero cuyo carácter es tan difícil de transmitir y encarnar en las nuevas generaciones que no vivieron ni viven esas circunstancias épicas. En realidad, la vida continúa y se palpa un agotamiento del viejo ciclo de enfrentamiento en ambas orillas del Mar Caribe. Hay cansancio por la prolongación inefectiva de un embargo comercial injusto, al par que la colectividad de origen cubano en el Estado de La Florida perdió la fuerza extrema de un anticastrismo frontal, hechos objetivos que impulsan al sector “progresista” de la base electoral de Obama a negociar una transición.

Ni Cuba puede aceptar el convertirse en el museo vivo de “una revolución que fue”, atrayendo un turismo nostálgico o frívolo, ni EE.UU. desea una crisis interna tal que arroje una ola masiva de inmigrantes, buscando reunirse con la ya numerosa familia del exilio. A todos, en consecuencia, parece convenir la continuidad lo más prolija posible de la sucesión que representa Raúl Castro, y el progresivo avance y acceso de este sufrido pueblo a los procesos de integración caribeños y sudamericanos, desconectados de los cuales se perdería en los repliegues de la historia.

Sin cooperación nadie gana

En este punto, cuando parece que están maduras las condiciones para hacerlo, es el turno de la acción política de Unasur, muchos de cuyos Jefes de Estado ya viajaron a La Habana para simbolizar esta intención integradora, en la que todos quieren tener un rol. En fin, una señal de los nuevos tiempos donde el cambio de tono, la amplitud de miras y la moderación de procedimientos auguran la posibilidad del giro de una actitud de imposición a una actitud de cooperación.

La cooperación es la clave interpretativa y la herramienta de acción de la etapa a la que ingresan inexorablemente la política internacional, en un período que buscará el equilibrio relativo de los bloques regionales de integración. Hasta EE.UU. tendrá que avenirse a esta teoría y práctica geopolíticas, a pesar de retener su hegemonía militar convencional y nuclear, porque los conflictos del futuro difícilmente se expresarán en estas formas de guerra. Aunque en el campo de la lucha nada se puede descartar, habitamos una zona de paz, que ahora debe empeñarse en diseñar la estrategia común de defensa de sus recursos, confluyendo en estructuras multilaterales propias, creativas y eficaces.

A este fin no vale ni la comparación con la OTAN, ni las urgencias de plazos perentorios. Es un éxito ya el afirmar la decisión de constituir el Consejo Sudamericano de Defensa, y haber comenzado el ejercicio de identificar los grandes objetivos que materializan esta alianza natural; porque hay que recordar que la lealtad entre aliados no se fortalece con expresiones de deseo, sino con hechos motivados en la necesidad mutua entre las partes.

El paso siguiente es poner en funcionamiento los organismos de capacitación superior conjunta y combinada, empezando por el Colegio Sudamericano de Defensa con sede en Buenos Aires, para la formación de nuestros propios cuadros. Ellos tendrán que compenetrarse desde el principio en la comprensión, la convicción y el compromiso con una verdadera defensa cooperativa.
14.02.09

viernes, 13 de febrero de 2009

La batalla por la resignificación de las palabras.

domingo, 8 de febrero de 2009


Por Ricardo Forster

Crisis del neoliberalismo y nuevos desafíos político-culturales



Cada época redefine y reinterpreta los lenguajes y los conceptos políticos para adaptarlos a sus propias necesidades; a veces se trata de matices, de modificaciones imperceptibles, mínimas, de esas que parecen no dejar marcas; otras, somos testigos de giros elocuentes, de cambios dramáticos en el sentido y en el contenido de lo nombrado, como si las nuevas necesidades abiertas por la escena actual exigiesen una profunda depuración de los modos del decir tradicionales. En tiempos de revolución nada permanece intocado y, mucho menos, las palabras con las que estábamos acostumbrados a decir y a nombrar las cosas y a la sociedad. Allí todo se perturba y entra en una redefinición sustancial buscando transformar las antiguas tradiciones en las nuevas gramáticas de la historia y del futuro.
Pero no hace falta imaginar un cataclismo social ni regresar sobre las sendas perdidas de la revolución para descubrir de qué distintos modos una época va produciendo sus interpretaciones y sus demonizaciones; cómo puede apropiarse de viejos conceptos para definirlos de otra manera haciéndoles jugar un juego muy distinto al que antes jugaba. Un giro conservador también lleva dentro suyo la capacidad para resignificar lenguajes y cosas, mundos materiales y sociales. En las dos décadas finales del siglo XX pudimos ver cómo el giro neoliberal no sólo modificaba de cuajo las reglas de la economía, las formas del intercambio y el universo del trabajo sino, más grave y sistemático, generó las condiciones para una colosal transformación cultural que sigue marcando a fuego nuestra actualidad y los modos a través de los que gran parte de los sujetos sociales se ven a sí mismos, miran a los otros y definen lo verdadero y lo falso de este tiempo político, económico y social. El neoliberalismo se apropió de los lenguajes de la industria del espectáculo y de la información movilizándolos con la intención de horadar el sentido común haciéndolo mutar hacia un nuevo régimen de valor.
Los grandes medios de comunicación jugaron un papel decisivo en la transformación cultural que le imprimió al mundo la ideología de mercado lanzando al tacho de los desperdicios todo aquello que podía recordar al Estado de Bienestar, a las políticas keynesianas de intervención, a la idea de responsabilidad solidaria entre los trabajadores activos y los jubilados sin dejar de mencionar la invisibilización que cayó sobre los sectores subalternos, esos vastos mundos populares que fueron silenciados y desposeídos de derechos y de identidades legítimas para convertirse simplemente en pobrecitos, en desclasados o en marginales irredimibles. La revolución cultural neoliberal logró naturalizar la pobreza y la ineficiencia “estructural” del Estado al mismo tiempo que iba vaciando de todo contenido el espacio público y a la política para dejar paso a la lógica empresarial y a sus recursos como nuevo maná del orden global. Se inició el tiempo del fervor privatizador, máxima panacea planetaria.
El santo y seña de la época fue la libre competencia, la desregulación y la flexibilización laboral. El mercado, esa sagrada “mano invisible” teorizada por Adam Smith en el siglo XVIII como punto de partida del liberalismo clásico, alcanzó su mayor dimensión mítica convirtiéndose en el verdadero dios de la época, suerte de gran padre universal por el que debía pasar todo lo significativo a la hora de definir si una nación era o no parte de la civilización. El mercado como absoluto, como paridor no sólo de la riqueza material sino, también y fundamentalmente, como garante último de la libertad y de la democracia. Unidad indisoluble entre mercado y democracia liberal, ése fue el núcleo ideológico de las últimas décadas. Manos libres, gramáticas de directorio de empresa, competencia, especulación financiera sin control alguno, organismos internacionales puestos al servicio de la ideología de mercado y de los intereses de los países centrales que les exigían a los periféricos que hicieran todo aquello que ellos no estaban dispuestos a hacer.
Las nuevas palabras desplazaron a las viejas o simplemente les hicieron dar un giro de 180 grados para que pasaran a significar otra cosa. Cayeron como dioses muertos aquellas ideas y prácticas que pudieran recordar ese otro tiempo en el que la lógica del mercado encontraba sus límites y sus reglas o, de un modo más radical, se utilizó el desbarrancamiento del régimen soviético para destituir de aquí a la eternidad cualquier opción anticapitalista o que simplemente se moviera por los continentes conceptuales de la igualdad o de la redistribución de la riqueza. Reinó una palabra única, monocorde, totalitaria pero camuflada con todo el glamour hollywoodense; la promesa californiana infectó las conciencias universales mientras la gran potencia imperial iba camino a su propia crisis sin antes arrojar sobre el planeta la barbarie militarista de los inolvidables texanos.
Entre nosotros, imitadores gustosos de las estéticas primermundistas, el menemismo, con la complicidad de amplios sectores de la economía, de la política y de la cultura (sin excluir a los progresistas de la Alianza, ansiosos por moralizar la política sin modificar un ápice la lógica perversa de la convertibilidad), terminó de realizar el plan iniciado por la dictadura, uno de cuyos ejes principales era la destrucción del aparato productivo junto con la desaparición de toda memoria ligada a la equidad social. El menemismo naturalizó los valores del mercado, los exacerbó, frivolizó la política, la vació de contenidos transformándola en un vodevil. Modificó las conciencias habilitando prácticas y políticas afincadas en la lógica del más puro egoísmo devastador del espacio público y de la solidaridad social. Sus palabras centrales fueron: privatización, primer mundo, mercado, relaciones carnales, flexibilización, shopping center, country, AFJP como sinónimo de una ancianidad a la sueca […] de la plata dulce a la convertibilidad la trama social y cultural de los argentinos fue profunda y decisivamente transformada hasta alcanzar niveles de desigualdad inimaginables apenas unas décadas atrás.
Tal vez por eso el centro de la contienda actual no sea el económico (la colosal crisis del sistema especulativo-financiero del capitalismo neoliberal habla por sí sola) sino, centralmente, el cultural y político. Tratar de remover años de penetración ideológica y de horadación del sentido común; buscar recomponer un tejido social desgarrado junto con los valores que le daban sustento a esa matriz igualitarista que atravesó durante gran parte del siglo XX a nuestra sociedad, es quizás el mayor desafío de una política popular y democrática. Y en ese desafío el modo de decir, las maneras del nombrar y la resignificación de las palabras serán fundamentales. Allí se dará una batalla sin la cual no habrá posibilidad cierta de modificar el rumbo de las cosas.

Filosofía y ejército

viernes, 6 de febrero de 2009




En el debate sobre Gaza entran en juego la lucidez de la condena a la destrucción del pueblo palestino, el reconocimiento de la fuerza oscura de la historia y la capacidad filosófica de una paz que no sea meramente bienintencionada.


Por Horacio González *

A finales de la década del 40, Menajem Beguin escribió un libro, Rebelión en Tierra Santa, que en la Argentina fue leído con fruición por personas y grupos políticos destinados a no coincidir en ninguna otra cosa. Me refiero a Rodolfo Walsh, por un lado, y al grupo político del peronismo ortodoxo llamado Guardia de Hierro, por otro. En ambos casos, esas memorias de Beguin habían sido leídas con apasionamiento. Se trataba del implacable jefe de un sector de las fuerzas armadas insurrectas y clandestinas de Eretz Israel, el Irgún, uno de los antecedentes del actual ejército israelí. Modesto pero vivaz escritor, Beguin desplegaba una crónica de la “lucha por la liberación nacional”, a la que alternativamente llama Rebelión o Revolución. Se trataba también de “la construcción de la Nación”. Una nación errante, según dice, que había deambulado de país en país, por dos mil años.

El libro está repleto de alternativas y casos propios de la lucha de las guerrillas del siglo XX. Los árabes son el trasfondo difuso, un “tercer factor” en penumbras, a los que por momentos se los se ve aliados a Gran Bretaña y a los que por eso mismo hay que combatir, en tanto componían una coalición “británico-árabe”. Los ingleses son nombrados como “el poder de ocupación” o “los enemigos de la Liberación”, un lenguaje que por la misma época –las diferencias las sabemos, veamos las resonancias semejantes que hacen eco en nuestra memoria– mantenía texturas homólogas a las que practicaba Raúl Scalabrini Ortiz.

Sin embargo, en Palestina, pocos años antes, había sido diferente. Eran tiempos en que los ingleses tenían como aliados a los futuros combatientes judíos. El ejército israelí se estaba amasando lentamente en las brigadas judías que el ejército inglés organiza al principio de los años ’40, en los últimos tramos de la guerra contra el nazismo. Ya existía una denominada “cuestión árabe”, a la que en su momento se le había destinado la política la Havlagá, la “autorrestricción”. El inexorable Beguin la cuestionará. Con ese nombre, se trataba de no atacar o no responder con represalias específicas a los grupos árabes que operaban militarmente en la zona. Tema crucial y hoy impensable. Principalmente la Haganá, el otro gran sector partisano israelí y a la que le decía algo la palabra socialismo, en aquella oportunidad y en un breve lapso, se propuso “autocontenerse” respecto de los ataques de los grupos árabes de la región. En la historia militar del siglo XX, otro ejemplo inusitado de la misma índole llama la atención. Es el del mariscal Rondón, militar brasilero considerado héroe de la educación en Brasil por el gran antropólogo Darcy Ribeiro. Al mando se sus soldados en la expedición a Rondonia –esa región tomaría su nombre—, Rondón los instruye en la máxima socrática: es justicia no proporcionar violencia, siendo preferible recibirla. Rondón atravesaba la Amazonia con su pequeño ejército, zonas en ese entonces inexploradas, hogar de desconocidas comunidades indígenas que una década después serían recorridas, siguiendo el mismo itinerario de Rondón por Claude Lévi-Strauss, menos inspirado por Sócrates que por la filosofía oriental.

Retomemos a Beguin. Luego, muchos de aquellos mismos sectores árabes, según se lee en Rebelión en Tierra Santa, formarían parte de una estrategia inglesa para contener la insurrección guerrillera del “ejército de las sombras”, que sería el brazo armado del futuro Estado israelí. Había entonces que combatirlos o disuadirlos. Con este trasfondo, el libro de Beguin retrata la vida del combatiente furtivo. El que desplaza en medio de imprentas secretas, reuniones sigilosas, contrabando de armas por túneles y expropiaciones al “enemigo inglés”. En ese intenso período de acciones clandestinas, los combatientes armados volaron el hotel Rey David en Jerusalem, sede el comando inglés –con numerosas víctimas, aunque se había enviado un aviso—, la estación de ferrocarril de Ramalá e innumerables objetivos en todo el mundo, inclusive la embajada británica en Roma.

Un arma antitanque llamada Piat, inglesa, es capturada. “Aquel Piat inglés y aquellas pocas granadas del mismo origen se habían convertido en hebreas.” Muchos de estos párrafos recuerdan las reflexiones de León Trotsky, en su Autobiografía, uno de los escritos políticos, militares y morales más importantes del siglo XX, quien presenta el problema militar soviético como el de una herencia técnica del ejército anterior, incluso con sus oficiales zaristas, si decidieran cruzar la trinchera. Esos combatientes, ¿eran terroristas? Es el tema moral permanente de Rebelión en Tierra Santa. Para Beguin, no era posible confundir el “terror” con una “guerra revolucionaria de liberación”.

Por más que intentemos separar situaciones, en estos relatos hay un lenguaje demasiado familiar, un ensordecedor retumbo enclavado en las lenguas que alguna vez escuchamos o balbuceamos. Es el aire de familia de las luchas de liberación, el de las revoluciones nacionales y el hombre clandestino armado. Supongo que los hermeneutas de Guardia de Hierro gozaban al reconocer un lenguaje que podía ser de todos nosotros o de toda una época, en ese notorio militante sionista, discípulo de Jabotinsky y Herzl. Era el lenguaje del hombre subrepticio con su fusil, del militante clandestino de la era de las naciones. Que a la vez escribe sus memorias, muestra una determinación militar absoluta y reflexiona sobre la muerte. Beguin comenta un célebre párrafo de El manifiesto comunista, respecto de que en la lucha no hay nada que perder, sólo las cadenas. ¿No sería demasiado pedirles ese sacrificio a los pueblos o a los combatientes? Sin embargo, Beguin acepta finalmente que la lucha es a muerte y hay que estar dispuesto a perderlo todo.

Podemos entonces conjeturar, como ejercicio de buceo en los caprichos de nuestra memoria lectora, cómo habría sido examinado este libro impresionante por Rodolfo Walsh. Es que en Rebelión en Tierra Santa están insinuadas claramente las formas del actual conflicto y las que tenía cuando Walsh visita esas tierras en los años ’70. El lenguaje del libro es el de los combatientes que se mueven en la ciudad “como pez en el agua”; la determinación es la de los ejércitos misionales. Pero Beguin no guarda entonces ni guardará después ninguna condescendencia con los árabes. En todo momento, detrás de la lucha de liberación nacional contra los ingleses está la sombra árabe a la que habrá que combatir. No tiene ninguna esperanza de una composición en esas tierras que no sea, primigeniamente, el establecimiento de una Nación Hebrea. Para eso han empeñado la Guerra de Liberación Nacional, y el enemigo visible, en ese momento específico, no era otro que una de las potencias vencedoras de la guerra mundial.

Rodolfo Walsh utilizará varias citas de este libro, en su escrito de 1974 sobre la resistencia palestina, como enviado del diario Noticias. Como es obvio, Walsh es severísimo con Beguin, al que percibe, en tanto producto del conjunto de la política estatal israelí, como un entusiasta propiciador de masacres. Como remate de su escrito, el autor de Operación masacre cita a Moshe Menuhin, el padre del violinista Yehudi Menuhin, un destacado pensador judío antisionista, quien había escrito: “En lo que a mí concierne mi religión es el judaísmo profético y no el judaísmo-napalm”. Era un jasidim, como de alguna manera lo habían sido Martin Buber y otros antisionistas que mantenían un judaísmo de humanistas filosóficos. Era el caso, quizá, de Hannah Arendt, aunque ésta y Buber no coincidirían finalmente en un tema conmocionante, la posibilidad de que Israel, con su Estado armado, complementara en sus pesadillas circulares las conductas que eran propias del nazismo. Difieren ambos en la resolución postrera que adquiere el enjuiciamiento a Eichmann en Jerusalem. Asordinada, ya estaba la discusión que ahora nos estremece, tratada por los mismos sabios judíos, y que nada serviría fuera de esa consternación espiritual. Si no está colmada con el lenguaje desvelado que corresponde, para recrear una conciencia contemporánea con mayores cuotas de lucidez ante el drama de Palestina, es mera ociosidad equiparante. Víctimas y victimarios, roles inciertos de la vida histórica, en vez de ser una interrogación para todos los hombres del universo, se transformaría en un tema de ocasión para la diatriba al paso. Debemos salir de eso, pues para desarmar la infinita matanza debemos considerar que todos podemos confirmar el sueño terrible de ser el reverso de lo mismo que criticamos.

A mediados de los años ’20, el coronel T. E. Lawrence (“Lawrence de Arabia”) escribió un libro de guerra con la sabiduría de un arqueólogo, el capricho magistral de un aventurero del desierto y el esteticismo exquisito de un guerrero que buscaba investigar en un tipo sutil de violencia, la de la transmutación del yo personal a través de refinadísimas intimidaciones espirituales. Para George Bernard Shaw, ese libro –que se llamaría Los siete pilares de la sabiduría– lo convertía a Lawrence en el más importante escritor en lengua inglesa, mayor incluso que los del círculo de Bloomsbury. Comandó legiones árabes para combatir a los turcos en la primera Guerra Mundial, tomó Damasco y llegó a participar de los tratados de Versalles, lamentando como compungido aristócrata su propia gesta heroica, que le recordaba el hecho aciago de servir a dos amos, al Foreign Office y al rey Feisal. No escapó a un ramalazo de seducción que el nazismo pudo ejercer sobre él en sus inicios. Actuó en la misma zona de ocupación inglesa que veinte años después será la sede del relato bélico de Beguin.

Estos dos libros, Los siete pilares de la sabiduría y Rebelión en Tierra Santa, hay que leerlos ahora en conjunto. Son lecturas “argentinas”. Beguin es tajante y atroz, bruscamente redentor y autosuficiente. Lawrence es autodestructivo, busca transmutar y aniquilar su “personalidad inglesa”. Los árabes de Lawrence son sensualmente misteriosos. No son los de Fanon. Este podría ser criticado porque su planteo de liberación implicaba un tipo de violencia existencial sartreana, “europea” aunque negara a Europa. Mientras, los árabes de Beguin surgen brumosos, amenazadores, objeto de disuasión o represalia, un tratamiento que anticipa el desastre. Pero todos estos escritos arrojan resonancias conocidas, contienen una perenne filosofía de la guerra que se separa si la vemos al trasluz de sus proyecciones ideológicas, pero se conjuga si la vemos apta para discernir el perfil trascendental del hombre armado, el militante y su sacrificio, el militante y sus creencias. Esto es, la nación que hay que crear, librar de la opresión o dejarla en el umbral o la disposición de practicar otra opresión. Terrible tema, tanto más inextricable si se presta a la trinchera de banales equiparaciones. Lo que hay, en cambio, es el fantasma reversible de la historia, que si no lo reconocemos en su fatídica tentación circular, no nos provee la eficacia y eticidad necesarias para denunciar las masacres ni nos permite comprender que el destino de la víctima no es tornarse en la futura culpable.

Para Sartre, Lawrence era una figura sugestiva. Para Hannah Arendt es un ser atormentado por la época: “Nunca un hombre tan bueno había cumplido tareas tan comprometidas con la condición siniestra de los servicios secretos occidentales”. Leído en la Argentina por el grupo de la revista Sur, Victoria Ocampo también consagrará al tortuoso coronel como un héroe literario. No tan de pasada, toma su filosofía militar para contrastarla con la del peronismo. Lawrence pertenecía a un ejército imperial cosmopolita, que dominaba zonas para mimetizarse literariamente con los pueblos dominados y llevarlos a su secreta realización. Se diferenciaba del ejército alemán, con su “cosmovisión nacional, la nación en armas”. Esta última era la materia del peronismo originario.

El fecundo y recordable escritor egipcio-palestino Edward Said, en la cumbre de sus años y de su notoriedad académica, había elegido una imagen suya para difundir, arrojando piedras de la Intifada junto a un grupo de jóvenes palestinos. Said consideró a Lawrence uno de los tantos casos en los que fluía la falacia de una visión “orientalista”. Con ella traducía una idea de dominación simbólica sobre los pueblos árabes. No necesariamente seguiríamos a Said en este razonamiento. Creo que Borges roza muy bien, y mejor, el tema de Lawrence en su “Deutsches requiem”, escrito en 1949. Es la historia del intelectual nazi Otto Dietrich Zur Linde, subdirector de un campo de concentración y lector de Nietzsche, que mata al poeta judío David Jerusalem, “porque era una zona detestada de mi propia alma”.

Leer es un insondable acto interpretativo, una tregua voluntaria de la vida corriente en nombre de una pepita de oro, que no es la “ilustración” ni “la moral edificante”, sino la posibilidad de llegar a la cruda verdad de una época. En el debate que nos sacude sobre Gaza, guardémonos de la facilidad de decir cosas –está en juego la lucidez de la condena a la destrucción material y simbólica del pueblo palestino—, que no se originen en el reconocimiento de la fuerza oscura de la historia y en la capacidad filosófica de una paz que no sea meramente bienintencionada. ¿Qué entonces? Quizás una palabra amasada en la fuerza de ruptura con las equiparaciones imaginarias que están al acecho. Quizás un socratismo que no se intimide por la violencia pues su misión es detenerla. Y que, frente a los ejércitos, les arroje la piedra vigorosa que los obligue siempre a autocontenerse.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.