EL CAMBIO EN WASHINGTON Y SU REFLEJO EN NUESTRA AMÉRICA

jueves, 19 de febrero de 2009


Autor Julián Licastro


“Esperar por prudencia es una virtud,
esperar por indecisión es un defecto”
Anónimo sobre conducción


Limitaciones actuales al cambio prometido

El fin de una época no es una línea que se sobrepasa rápidamente, sino una franja de tiempo larga y densa, que deben atravesar a veces varias generaciones, comprometiendo en ella toda su vida. Por esta razón, hace tanto que venimos hablando de “crisis”, sin haber emergido todavía de ella. Con este criterio, debemos analizar también las dificultades, cada vez más evidentes, que enfrenta la administración Obama para avanzar en el camino del cambio prometido.

Sucede que todo establecimiento de poder político y financiero declinante, siempre apela a sus dos armas favoritas ante la emergencia de lo “nuevo” que pone en peligro terminal su prevalencia: esto es la indiferencia y la difamación, en una sucesión de tácticas obstruccionistas no por reiteradas menos efectivas. Es lo que ocurre con las corporaciones transnacionales que lucraron hasta la exasperación pública con un capitalismo desbordado y sin reglas, y que aplican el peso contundente del aparato mediático que les está subordinado, para acusar de “socialista” o “populista” al menor intento de transformación.

Por consiguiente, Obama no ha tenido la célebre “luna de miel” que es habitual en el ciclo inicial de los gobiernos; ni tampoco la colaboración tradicional de la oposición, a fin de lograr el consenso fundamental para impulsar una reforma tan profunda como necesaria. Por el contrario, buscando el equilibrio con la participación de los republicanos, que aún no se dió, expuso un flanco de su propia base de apoyo. Todo esto, por lo demás, en un marco de desencanto y cuestionamiento de la ciudadanía respecto de la dirigencia política y económica, que relativiza, entre otros temas, un debate parlamentario mediocre.

Las corporaciones financieras, por su lado, actúan como si nada hubiese pasado, y hablan de la “crisis” en su versión de anonimato eludiendo toda responsabilidad; y aún reparten miles de millones de dólares -otorgados por el Estado, con dinero de los atribulados contribuyentes- en honorarios y premios para sus ejecutivos, en un escándalo de tal proporción que puede ser asimilado a una conspiración del poder económico organizado.

Por último, en forma relativamente similar, aunque en otro plano, también se hacen los distraídos los titulares de aquellos proyectos estratégicos que, como la reactivación de la IV Flota en las costas de América Latina, podrían registrar cambios de enfoque con nuevos criterios de política exterior y de política de defensa originados en el actual gobierno. La insistencia tan anticipada en tales temas, parece referirse más a una pugna de intereses internos y presupuestarios.


Estímulo económico o rescate financiero

Debemos destacar que la consigna de Obama cifrada en un plan de “estímulo económico” es diferente, no sólo en las palabras, al plan de Bush de “rescate financiero”, porque mientras ayer se subsidiaba al grupo de grandes banqueros, a quienes se premiaba por ejercer una especulación descarada, hoy se pretende apoyar la recuperación de la economía real, con recursos apuntados, lo más directamente posible, a promover la producción y el trabajo.

En términos generales, y no en el código críptico de la tecnocracia, podemos definir el plan de estímulo por algunos factores que a los verdaderos justicialistas les son familiares, por pertenecer al movimiento fundante de 1945 y 1946: la idea superior de amalgamar la unidad nacional con la reforma social; la protección y ampliación del mercado interno para emerger de la crisis; la presencia destacada del Estado y la formulación consiguiente de políticas activas para promover la producción; grandes inversiones en infraestructura y proyectos estratégicos; y una especial atención a los trabajadores, sus reivindicaciones y la satisfacción de sus necesidades sociales, asistenciales y educativas.



Estas y otras características con visos de similitud, han llevado incluso a algunos analistas1 a comparar a Obama con Perón, más allá de las diferencias obvias de tiempo, espacio y personalidad, afirmando que “el legado de Roosevelt, que supo canalizar al General, hoy inspira a la Casa Blanca”. No deja de ser una analogía interesante, cuyos orígenes en la teoría económica podríamos remontar a Keynes en la década del 30, y sus postulados, de sentido común, para superar los colapsos financieros y reactivar la economía.

Hoy, en realidad, este colapso no es la causa sino la consecuencia de manejos delictuosos en la administración financiera de los negocios privados y públicos, con un increíble grado de impunidad, que habla de lo difícil que será recuperar los niveles de credibilidad y confianza que requiere el sistema para funcionar en cualquier lugar del mundo. Y muy especialmente, en la sede del centro transnacional de la globalización que representa Wall Street, protegido territorialmente por el poder militar de EE.UU.


Dejar de lado a América Latina

Es un dato ostensible que América latina como conjunto ha estado prácticamente ausente de los discursos electorales de ambos partidos, con la excusa implícita de que la agenda presidencial en EE.UU. sólo se conforma con aquellas zonas involucradas en problemas estratégicos. En este esquema parcializado, donde no se advierten cambios vinculados a la necesidad y posibilidad de promover el desarrollo, la “presencia” de nuestra región se redujo al tema migratorio hispanoamericano, sin duda pendiente de una amplia reforma legal; y a las especulaciones periodísticas sobre cuántos dirigentes de esta extracción, aunque ya totalmente integrados aquí por generaciones, podrían ser llamados al nuevo gabinete ministerial.

Por supuesto, algunas referencias esporádicas a la lucha contra el narcotráfico empeñada riesgosamente en México por las fuerzas armadas; las incidencias del combate indefinido a la guerrilla en Colombia; y los comentarios hostiles a la Venezuela de Chávez, siempre en un tono más reaccionario por parte de los

1 Semán, Ernesto: ¡Obama y Perón, un solo corazón!, artículo fechado en Nueva York y publicado en el periódico Página 12 de Buenos Aires, el 8 de febrero de 2009. Semán es un periodista y escritor argentino, nacido en 1967, que reside actualmente en Nueva York.

republicanos. Un balance, como se ve, pobre de ideas y huérfano de iniciativas, que no registra la importancia del nuevo enfoque multipolar y multilateral que está modificando el tablero geopolítico y económico del mundo, por la vía de las dinámicas de integración regional.

Como se ha repetido muchas veces, EE.UU. hoy, sin perder por ahora la condición de única superpotencia militar, ha cedido la relatividad de los espacios intermedios al avance de grandes países que, con diferentes enfoques pero igual vocación de crecer y desarrollarse, han descontado la distancia que los separaba del poder hegemónico. Y eso hace, precisamente, que esa facultad discrecional no pueda ejercerse efectivamente, porque los otros países al progresar en su influencia económica, progresan también en su influencia política y diplomática, lo cual lleva irremisiblemente a otras exigencias de seguridad internacional y dimensión las estructuras de defensa.

Es lo que ha ocurrido visiblemente con los países BRIC -Brasil, Rusia, India y China- que no sólo aspiran a ocupar mayores porciones de liderazgo, sea singularmente o en el marco de alianzas de irradiación estratégica, sino que pueden interactuar entre sí para saltar en la calidad de su participación geopolítica. A la Argentina, obviamente, le interesa en especial la emergencia del Brasil, la cual debe suscitar una posición que trascienda el prejuicio, el resquemor y los celos diplomáticos que traten vanamente de desconocer “la realidad que es la verdad”.


Los liderazgos regionales se construyen, no se discuten

Brasil aún no ocupa un lugar en la primera división, pero aspira decididamente a lograrlo: pone en ello la cuota necesaria de vitalidad social, vocación política, unión nacional y estabilidad gubernativa. Argentina alguna vez manifestó estas virtudes en gran escala y por eso estuvo a la vanguardia del proyecto de integración continental, sufriendo las deserciones y obstrucciones que hoy algunos están tentados de reproducir contra Brasilia en forma extemporánea. Sería un error trágico, no sólo porque negaríamos la fuerza del regionalismo que luce distinta en el mundo multipolar, que en el pasado bipolar [EE.UU. –URSS], sino que nos privaríamos de compartir el proceso de integración económica y política con nuestra propia potencialidad, que es innegable, por el talento de nuestros recursos humanos y la riqueza de nuestros recursos naturales.

Es imprescindible entonces un verdadero análisis para comprender una situación que, además de inercias históricas indudables, contiene factores inéditos. Es lógico que Brasil subjetivamente -es decir, desde el punto de vista de su conducción- no quiera irritar a EE.UU. por la diferencia en poder y la probabilidad de que aliente a otros países de la región en su contra; pero objetivamente -en la escena geopolítica concreta- lo incomoda con la alianza Unasur. Este intento, obviamente, trata de reunir y hacer confluir proyectos nacionales contradictorios que sirvieron en otro tiempo a la metrópoli para “dividir y reinar” con un bilateralismo totalmente asimétrico.

De allí los esfuerzos inteligentes de Itamaraty, interpretados cabalmente por Lula, para no discriminar en el concierto continental ni a Venezuela ni a Cuba, a fin de evitar que se argumente la retórica “populista” o la nostalgia “foquista” para mantener latente las fronteras ideológicas de la Guerra Fría, que nos atrasaron al menos dos décadas. Y lo que es peor, podrían reaparecer de un modo u otro en la conflictividad social de una recesión global severa y prolongada, que recién empieza.

Para diseñar la nueva estrategia internacional que está pendiente, los argentinos debemos reconocer que, aunque de la mitad de nuestros problemas es culpable el imperialismo, de la otra mitad somos responsables nosotros. La anti-consigna inscripta entre los defectos de nuestra conciencia colectiva -para un argentino no hay nada peor que otro argentino- ha sido causante de los reiterados ciclos de euforia y depresión, construcción y autodestrucción, e incluso de una ansiedad política colmada de intolerancia e impaciencia que derivó muchas veces en divisiones y violencia.

Acompañar el intento de Unasur, trascendiendo los problemas del Mercosur con una visión superior de integración cultural y vecindad geográfica e histórica, puede ubicarnos en una senda de emulación y convivencia fructífera con Brasil, guiada por la identificación realista, no ingenua, de grandes objetivos comunes que es menester compartir para alcanzar. En una palabra: demostrar a la región y al mundo que podemos elaborar una agenda mancomunada ante la disyuntiva planteada por la expresión “unidos o dominados”, que formuló visionariamente un gran estadista.
El redescubrimiento político de Cuba

Otro país que merece una observación especial, en este primer panorama latinoamericano de la repercusión de los cambios políticos en Washington, es Cuba, que un poco sorpresivamente ha sido “redescubierta” a los fines de una rearticulación continental e incluso “hemisférica”, cuando parecía que el castrismo agonizaba. Sin duda, el régimen sufrió toda una transformación ideológica y estratégica, desde el triunfo de la revolución que contó con simpatías norteamericanas por su línea inicial democrática contra la dictadura de Batista, hasta su conversión al comunismo y el padrinazgo soviético.

Desde aquella posición -y amparada en su favorable condición de gran isla, en un espacio geopolítico sensible- apoyó a las fuerzas foquistas que libraron la guerra de guerrillas en casi todos los países de nuestra América por casi 30 años; e intervino fuertemente en el proceso de descolonización y las luchas internas y tribales en África. Esa es la etapa histórica que ahora entra al pasado, en paralelo al tiempo biológico de una generación de militantes en edad de retirarse. En este proceso, pleno a la vez de contradicciones y sacrificios, Cuba contó en gran parte de la opinión pública internacional con la simpatía que siempre genera el síndrome de David y Goliat.

Esa es la lucha que definitivamente ganaron los hombres de Sierra maestra, pero cuyo carácter es tan difícil de transmitir y encarnar en las nuevas generaciones que no vivieron ni viven esas circunstancias épicas. En realidad, la vida continúa y se palpa un agotamiento del viejo ciclo de enfrentamiento en ambas orillas del Mar Caribe. Hay cansancio por la prolongación inefectiva de un embargo comercial injusto, al par que la colectividad de origen cubano en el Estado de La Florida perdió la fuerza extrema de un anticastrismo frontal, hechos objetivos que impulsan al sector “progresista” de la base electoral de Obama a negociar una transición.

Ni Cuba puede aceptar el convertirse en el museo vivo de “una revolución que fue”, atrayendo un turismo nostálgico o frívolo, ni EE.UU. desea una crisis interna tal que arroje una ola masiva de inmigrantes, buscando reunirse con la ya numerosa familia del exilio. A todos, en consecuencia, parece convenir la continuidad lo más prolija posible de la sucesión que representa Raúl Castro, y el progresivo avance y acceso de este sufrido pueblo a los procesos de integración caribeños y sudamericanos, desconectados de los cuales se perdería en los repliegues de la historia.

Sin cooperación nadie gana

En este punto, cuando parece que están maduras las condiciones para hacerlo, es el turno de la acción política de Unasur, muchos de cuyos Jefes de Estado ya viajaron a La Habana para simbolizar esta intención integradora, en la que todos quieren tener un rol. En fin, una señal de los nuevos tiempos donde el cambio de tono, la amplitud de miras y la moderación de procedimientos auguran la posibilidad del giro de una actitud de imposición a una actitud de cooperación.

La cooperación es la clave interpretativa y la herramienta de acción de la etapa a la que ingresan inexorablemente la política internacional, en un período que buscará el equilibrio relativo de los bloques regionales de integración. Hasta EE.UU. tendrá que avenirse a esta teoría y práctica geopolíticas, a pesar de retener su hegemonía militar convencional y nuclear, porque los conflictos del futuro difícilmente se expresarán en estas formas de guerra. Aunque en el campo de la lucha nada se puede descartar, habitamos una zona de paz, que ahora debe empeñarse en diseñar la estrategia común de defensa de sus recursos, confluyendo en estructuras multilaterales propias, creativas y eficaces.

A este fin no vale ni la comparación con la OTAN, ni las urgencias de plazos perentorios. Es un éxito ya el afirmar la decisión de constituir el Consejo Sudamericano de Defensa, y haber comenzado el ejercicio de identificar los grandes objetivos que materializan esta alianza natural; porque hay que recordar que la lealtad entre aliados no se fortalece con expresiones de deseo, sino con hechos motivados en la necesidad mutua entre las partes.

El paso siguiente es poner en funcionamiento los organismos de capacitación superior conjunta y combinada, empezando por el Colegio Sudamericano de Defensa con sede en Buenos Aires, para la formación de nuestros propios cuadros. Ellos tendrán que compenetrarse desde el principio en la comprensión, la convicción y el compromiso con una verdadera defensa cooperativa.
14.02.09

1 comentarios:

Blogger dijo...

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