de narváez quiere que argentina sea el socio menor de brasil

lunes, 15 de junio de 2009

Hoy Ámbito Financiero da cuenta de unas declaraciones del Diputado y candidato a diputado Francisco De Narváez sobre nuestra posición frente a Brasil, que el mismo Ámbito sostiene que preanuncian una cataratas de críticas. Aquí va la primera, firmada por un Embajador argentino.

Juan Carlos Sanchez Arnau le dedicó lo siguiente:

“Cuando leí la información en Ámbito pensé que se trataba de una operación política contra De Narváez, quizás inspirada desde la Concertación Cívica y Social, empeñada en evitar la creciente polarización de las próximas elecciones, justamente entre De Narváez y Kirchner. De modo que fui a buscar la información en su fuente original: O Estado de Sao Paulo. Y allí estaba, con todas las letras y bastante bien traducido por Ámbito, que solo omitió la frase final que justifica la propuesta central: deberíamos hacerlo para “escapar al eje Caracas, La Paz, Quito”.

Para ello, el Sr. De Narváez, feliz candidato que confiesa en esa misma entrevista que los votos que conseguirá no son suyos sino que muchos se deben al odio que despierta Kirchner, quizás sin pensar que la entrevista no sería leída en Argentina, nos propone ser a Brasil lo que Canadá es a Estados Unidos: un socio estratégico, menor. Menos mal que no usó a México para dar su ejemplo.

Es la primera vez que lo oigo hablar de política internacional a De Narváez. Es lógico que si alguien aspira a ser candidato a gobernador de una provincia, deba ocuparse más bien de los problemas internos de esa provincia y no encare los problemas de la política exterior. También es probable que si uno ha nacido en otras tierras, sea muy prudente cuando hable de esos temas, aunque más no sea para no generar sospechas de doble pertenencia en cuestiones conflictivas. Pero el Sr. De Narváez parece no tener ese pudor. Opinó y dijo lo que dijo. Al fin de cuentas, también hay más de un embajador y funcionario público que sostiene más o menos lo mismo, pero pocos lo dicen en público y para la prensa.

Unos lo dan como una realidad inevitable, seguramente no querida, pero a la que no se puede modificar: “Brasil ya se nos escapó y no podremos alcanzarlo nunca”, sostienen. Otros, porque están convencidos de la importancia de anteponer la paz y las buenas relaciones con Brasil a muchos otros objetivos de la política exterior del país. Casi todos ellos, cuando tienen que tomar decisiones, en definitiva las toman teniendo en cuenta “la necesidad de pensar en Brasil”, como me dijo hace muchos años atrás un Secretario de Estado que se opuso a mi voluntad, como Embajador que entonces era en Ginebra, de poner a Brasil frente a la realidad de sus bajos standards laborales y al implícito “dumping social” que le permitía competir deslealmente con las exportaciones argentinas en el Mercosur.

Es esa visión la que ha permitido mantener sin mayores cambios a un Mercosur que ha contribuido marcadamente a “fijar” la estructura de nuestro comercio exterior, particularmente debido a que frente a Brasil somos superavitarios en “commodities” (para lo que no precisamos del Mercosur) y deficitarios en manufacturas (para lo que la Tarifa Externa Común juega en nuestra contra por la preferencia que otorga a Brasil). Para resumir este fenómeno en una sola cifra digamos que en el período 1995-junio de 2008, Argentina acumuló un déficit de USD 27.470.046 en el comercio con Brasil de manufacturas industriales, máquinas, aparatos y material eléctrico y vehículos y sus partes, que además no llega a ser compensado por nuestro excedente en “comodities”.

Desde comienzos de los años noventa nos consideramos socios de Brasil y desde entonces hemos hecho todo lo posible para no tener enfrentamientos o confrontar sus posiciones internacionales. Pero Brasil no es nuestro socio, su política internacional, activa, inteligente, multidireccional, se despliega cotidianamente sin consultar ni tener en cuenta nuestros intereses. Más aún, nuestra constante alineación con las posiciones brasileñas nos ha llevado a renunciar posiciones que no deberíamos haber renunciado nunca en materia de negociaciones económicas internacionales. Dejamos caer el Grupo de los Ocho, en el que se negociaban los grandes problemas agrícolas internacionales, del que formaba parte Argentina pero no Brasil, y aceptamos que fuese reemplazado por el Grupo de los Cinco, en el que está Brasil pero del que no formamos parte. Dejamos surgir y nos afiliamos al Grupo de los Veinte, liderado por Brasil e India, cuyo objetivo principal es evitar la apertura de los mercados de los países en desarrollo, cuando nuestro objetivo central, en materia de negociaciones comerciales, debería ser, justamente, bregar por la apertura de esos mercados, que es donde está nuestro futuro comercial.

Este proceso comenzó en paralelo con el surgimiento del Mercosur al que no dudamos en considerar como uno de los mayores errores históricos de nuestra diplomacia. Es cierto que sirvió para poner punto final a la carrera nuclear, que, dicho sea de paso, Brasil ya había abandonado por falta de medios económicos y porque Estados Unidos no iba a permitirle seguir adelante. Es cierto también que sirvió para que se inaugurase un largo período de colaboración con Brasil y de ausencia de confrontación. Pero esto ha sido al precio de renunciar a una política internacional independiente y de un tremendo daño económico. A la industria argentina en los noventa no la destruyeron ni la convertibilidad ni las importaciones chinas: la destruyeron el Mercosur y las importaciones de manufacturas brasileñas.

Y así como se “brasilerizó” nuestra política exterior estamos permitiendo que también se “brasilerice” nuestra economía. Una de las consecuencias más negativas que tuvo nuestra política del “dólar superalto” fue que abrió la posibilidad para los extranjeros de adquirir nuestros activos depreciados en inmejorables condiciones. Y así es como han pasado a manos brasileras, sin ninguna oposición oficial, más allá de la exigencia de algún ajuste cosmético en el sector energético, no solo importantes empresas de bebidas alcohólicas o productoras de cemento sino también empresas de valor estratégico en el sector de la generación de energía, del petróleo y sus derivados o incluso de la faena y la exportación de carne bovina. En este último sector hemos permitido directamente que las mayores empresas del sector queden en manos de nuestro principal competidor internacional. Algo que difícilmente el gobierno brasilero habría permitido que sucediera con las empresas de su país.

Tenemos muchísimo para hacer juntos con Brasil, en el plano político, en el económico y en el de la seguridad. Pero primero tenemos que pensar en recuperar nuestra capacidad de decisión y encontrar un rumbo más razonable para nuestra inserción en la economía mundial en estos tiempos de la globalización.

El mejor servicio que podemos prestar a la amistad y cooperación argentino-brasilera es recuperar la posibilidad de hablar de igual a igual, de poner claramente arriba de la mesa de negociación nuestros intereses y nuestra determinación. Nuestra voluntad de ser socios y no simples aliados de segunda clase.

Tengámoslo presente, el curso de la historia no es inexorable, allí está el ejemplo de De Gaulle para demostrarlo. Cuando el ejército francés fue derrotado en pocos días al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, un joven General francés se negó a aceptar la claudicación y optó por el camino del exilio para iniciar un largo combate por la recuperación no solo militar sino también moral y política de su país. Mandó a los restos de su escuálido ejército a buscar al centro de África algo más que la grandeza del imperio perdido, lo mandó a recuperar la dignidad de Francia. Tras cinco años de combates, con apoyos y oposiciones de sus propios aliados, se reservó para sus tropas la prioridad del acceso al París recuperado y las mandó luego a perseguir al enemigo hasta las puertas de Berlín. Esa misma determinación le permitió a Francia sentarse entre los vencedores, ocupar un lugar permanente en el Consejo de Seguridad y comenzar un proceso de recuperación económica y política que culminaría veinte años después, haciendo de Francia una potencia atómica y uno de los líderes de la economía mundial. Dos lecciones se deben sacar de esta experiencia. La primera es el valor de la determinación política, que aún en las peores circunstancias puede convertir una derrota en un triunfo y una claudicación en el renacer de una nación. La segunda, es la importancia de la inteligencia, la misma determinación y la continuidad de las políticas para darle a un país un rol internacional superior al que su real potencial económico o estratégico le asigna. Ese es el verdadero triunfo de una diplomacia: saber llevar a un país más allá incluso de su potencial. El fracaso es la inversa: es quedarse por debajo de ese potencial. Es aceptar liderazgos ajenos en nuestra propia trastienda. Como nos propone el Sr. De Narváez.”

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