La reedición de un ballottage, por Ricardo Foster

sábado, 4 de julio de 2009

Hace seis años, mientras el país todavía se debatía tratando de salir del inmenso daño suscitado en su cuerpo por las políticas de los noventa, una gran parte de la sociedad (esa construcción abstracta, llamada también “opinión pública” de la que siempre hablan los grandes medios de comunicación y sus periodistas estrellas) se disponía a elegir a quién sería el guía de esa hora tan compleja y amarga.

Seis años después tenemos la extraña sensación de que el verdadero ballottage, el que tenía que haber enfrentado a Menem con López Murphy, vuelve a aparecer bajo otros nombres (Macri, Cobos o Reutemann; De Narváez, gran y dispendioso elector, no entra en esta grilla por el azar de haber nacido en Colombia).

Como si la excepcionalidad, o el azar, que llevó a Néstor Kirchner a la presidencia y luego a desplegar políticas por completo antagónicas a las desarrolladas entre nosotros por el neoliberalismo, volviese a ofrecerse como lo que fue: una anomalía, aquello no esperado y que poco tenía que ver con los imaginarios predominantes entre una gran parte de los argentinos, que todavía llevaban y llevan en lo más profundo de sí mismos, las marcas dejadas por el sueño de la convertibilidad.

Con alivio los profesionales del periodismo “independiente”, los portadores de grandes virtudes republicanas se apresuran a felicitarse por el fin de tamaña anomalía, de esos años sorprendentes en los que la “forma” imperfecta, plebeya y hasta “populista” vino a desplazar la siempre pendiente “calidad de las instituciones”, esa tan reclamada República por muchos de aquellos que han atravesado la historia del país enlodándola y envileciéndola.

Pero claro, ese tiempo loco, anómalo, extraño debía concluir, tenía que convertirse en un mal recuerdo, suerte de pesadilla para quienes desde siempre se han visto a sí mismos como los dueños efectivos de “la patria”. Sus escribas corren a recordarnos que esa etapa excepcional e imprevista de la historia nacional ha quedado sellada de una vez y para siempre mientras regresa, ¡por suerte!, la cordura en el interior de una sociedad que, como si se despertase de una pesadilla, vuelve a respirar aliviada y se prepara para retomar ese ballottage suspendido en el tiempo entre Menem y López Murphy, un ballottage que vino a interrumpir ese extraño personaje llegado del lejano Sur.

Soltando el aire retenido en sus pulmones, aligerando sus preocupaciones nacidas del profundo desagrado que les suscitó ese equívoco que condujo a Kirchner al sillón de Rivadavia, están nuevamente listos para borrar de un plumazo –al menos ese es su mayor deseo– lo acontecido a lo largo de estos desprolijos e impresentables años en los que la bestia negra de la época, el maldito populismo, amenazó vidas y propiedades llevando a la Nación hacia las peores formas del autoritarismo.

Los cultores del consenso se arremolinan alrededor de micrófonos y cámaras para anunciar que terminó el tiempo del conflicto y de la crispación; que se acabaron los desplantes y los lenguajes de la confrontación y el hegemonismo para dejar paso a una bucólica mesa (¿tal vez como la de Mirtha Legrand ?) alrededor de la cual se sentarán nuestros democráticos dirigentes para sellar la unidad nacional, esa que eufemísticamente describe, como casi siempre en la historia argentina, el modo como las corporaciones económicas, los dueños efectivos del poder, siguen ejerciendo su predominio. A eso lo llaman, nuestros periodistas estrellas, “consenso”.



2.

Recojo, y hago mías en estas reflexiones, lo que escribió con lucidez en la larga noche del domingo 28, María Pía López: “Una elección se juega también en un espacio inmaterial, como un videojuego en el que cada uno es el personaje elegido. La mediatización es eso: la primacía de ese otro espacio en el que un personaje puede ser delineado, inventado, configurado y lanzado al ruedo. Donde importan profundamente los ademanes y los barnices publicitarios.

En ese espacio se puede votar, incluso, contra los intereses materiales o los derechos conquistados. Casi, como si no tuviera efectos. Por el contrario: es el lugar más relevante de las sociedades contemporáneas, donde se produce riqueza y poder. Es el fin de la política tal como se conoció en el siglo XX. Ganó la provincia de Buenos Aires De Narváez y esa elección no es tan distinta a la de Solanas en Capital: son antagónicas en la política del siglo XX, simétricas en la actual.

No se votó al Solanas –y ojalá me equivoque también en esto– que apuesta por la nacionalización del control de recursos naturales, sino por un “Solanas” que la escena mediática proyectó sobre el rostro del anterior. Por eso en esta otra escena, la que tuvo la primacía ayer, Pino y Grondona pueden tratarse con simpatía. ¿Qué política hay en el horizonte, cuando lo que triunfó es un modo de gestión de las subjetividades, las creencias, los deseos?”.

Ese pasaje del que nos habla María Pía López, de la política en el siglo XX a la política en el siglo XXI, tiene que ver con la profunda transformación de las subjetividades en estas últimas décadas; tiene que ver con la nueva matriz espectacular-comunicacional de nuestras sociedades democrático-telemáticas, del mismo modo que se vincula directamente con la emergencia del ciudadano-consumidor (de objetos rutilantes, de deseos imaginarios y de lenguajes audiovisuales formateados por publicistas, encuestólogos y consultores de turno capaces de “encontrar” el núcleo simbólico que transforma a alguien en candidato-estrella).

Claro que no alcanza con dar cuenta de estas mutaciones culturales para explicar la derrota del domingo ni para intentar comprender todo lo que implica la emergencia de esta nueva derecha que viene engalanada con los vestidos superpuestos de la estetización mediática y las memorias populares saqueadas en nombre de aquellos mismos que se han dedicado a saquear materialmente a esos mismos sectores que ahora interpelan espectacularmente.

A la derrota también hay que explicarla por las carencias y las deficiencias de ese mismo proyecto surgido en el laberinto argentino; carencias y deficiencias que, en muchos casos, vienen a expresar la incapacidad para comprender esas mismas mutaciones culturales.

Límites de la anomalía kirchnerista que, de todos modos, no deja de poner en evidencia, en medio de su despliegue espasmódico y contradictorio, uno de los momentos más significativos e interesantes de la historia nacional, allí donde subvirtió lo esperado y natural asumiendo las formas plebeyas, en ocasiones, de lo impresentable de acuerdo a las lógicas hegemónicas de la dominación. Contra esa excepcionalidad, contra ese giro inaceptable, es contra lo que se despliega amenazante la restauración conservadora.



3.

Sigo leyendo lo escrito por María Pía López, lo sigo haciendo porque encuentro en sus palabras un núcleo indispensable para indagar sin complacencias lo que nos está atravesando: “Comenzó la restauración conservadora. A este gobierno se le ha dicho, muchas veces, que no sabe escuchar. Pero cuando se decía eso lo que había que escuchar eran corporaciones patronales, opositores desbocados, poderes mediáticos, antes que trabajadores reivindicando sus derechos o sectores populares incitando a transformaciones. Hoy se va a decir que hay que escuchar la voz de las urnas. Voz de orden, pareciera.

Argentina votó más parecido a Italia que a Venezuela. Los candidatos a la presidencia en el 2011 querrán, cada cual a su modo, parecerse a Berlusconi. El fondo más oscuro de la restauración conservadora es la apuesta a un principio de gobernabilidad racista y jerárquico. Porque el ganador de esta elección no fue Sabbatella –el que expresó con más claridad la idea de un necesario desborde por izquierda de los límites del kirchnerismo–, fue la entente Macri , De Narváez, Reutemann. ¿Y alguien cree que la derecha viene por menos que todo? La restauración no es un golpe de Estado, es un vaciamiento de las posibilidades de hacer. Y, al mismo tiempo, la vigilancia constante del acusado de sordo. La restauración conservadora no necesita la ruptura institucional. Por el contrario, prefiere disciplinar a los antes díscolos”.

Tal vez por eso no puedo leer con particular entusiasmo los resultados electorales de Proyecto Sur en Capital o de Sabbatella en la provincia de Buenos Aires (y eso no sin dejar de reconocer que allí se anida algo importante y necesario de cara a impedir el giro restaurador), como sí lo hacen aquellos que se regocijan por los votos acumulados, supuestamente por izquierda y sintiéndose herederos de la caída del kirchnerismo, mientras lo que se afirma con fuerza despiadada en la escena del presente es, de nuevo, el silenciamiento de cualquier proyecto popular en nombre de la República liberal-conservadora, esa misma a la que se refieren los amantes de la calidad institucional.

¿Regresaremos inevitablemente a ese ballottage interrumpido hace seis años por Kirchner, ese que enfrentaba a Menem con López Murphy y que hoy puede, como si fueran los personajes del mismo drama pero cuyos nombres han sido cambiados, enfrentar a Macri o Reutemann con Cobos o con Carrió? Por suerte, estimado lector, la ardua historia siempre guarda dentro suyo lo inesperado, aunque también nos pide que, de vez en cuando, estemos a la altura de las circunstancias y seamos capaces de ayudarla a impedir que lo peor de nuestro pasado recupere lo pendiente e interrumpido en ese extraño acontecimiento del 2003. ¿Podremos?

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Compañeras y compañeros,
¿Y si vamos todos a esperar a la Presidenta Coraje, el día que regrese de su misión, como dice la editorial de abajo?
Hagamos correr la propuesta sugerida en el último renglón de esta nota editorial. Permanezcamos todos en contacto.


La América Latina en rebeldía
*Jorge Giles
(Publicado el domingo 5 de Julio de 2009 en El Argentino)

Arde Honduras, territorio avasallado de América Latina.
Arde la democracia. Arde la memoria colectiva de los pueblos.
Como si no bastaran la sangre derramada, los centenares de miles de desaparecidos, los torturados, los asesinados, la república perdida.
Como si no bastara tanta vida trunca, los gorilas blindados, con sus tanquetas y metrallas, volvieron a través de Honduras para imponer sus oscuros propósitos.
Propósitos que nunca serán mejores y más dignos que los que defienden los pueblos.
Propósitos que son una mezcla sucia de dinero, de poder concentrado, de latifundio, de narcotráfico cruzándolos por el medio, de políticas militaristas y de ajustes neoliberales.
Un golpe militar, el pasado domingo, secuestró al presidente democrático Manuel Zelaya.
Lo pusieron en un avión y en plena madrugada lo expulsaron de Honduras.
La OEA, Organización de Estados Americanos, con la presidencia de su Asamblea a cargo del canciller argentino, Jorge Taiana, y la presencia de su Secretario General Miguel Insulza en el país centroamericano, buscó intensamente el dialogo pero se encontró con el fanatismo salvaje de los golpistas y la complicidad con ellos de políticos de derecha, altos jerarcas del poder judicial y de la iglesia católica.
Los golpistas y sus secuaces atrasaron 30 años el reloj de América. Es claramente un golpe contra los nuevos tiempos que corren en el continente y en el mundo. Pareciera ser incluso, un golpe contra Barack Obama, como sostienen algunos respetados analistas y dirigentes políticos.
La represión es brutal. La resistencia popular hondureña, ocupa legítimamente las calles de los pueblos y los campesinos llegan hasta Tegucigalpa para defender la democracia y a su legítimo Presidente.
Cristina, la Presidenta de todos los argentinos, está en el medio de la disputa. Con la misma actitud y coraje con que acudió el día que acorralaron a Evo Morales y la democracia boliviana y ella salió a empujar una urgente reunión de UNASUR para salvar a Bolivia del pasado oprobioso de los golpistas del fascismo local. Con esa misma pasión americana, hoy está junto al pueblo de Honduras.
En honor a su coraje y patriotismo latinoamericano, tendrían que ser muchos los argentinos que concurran a esperarla cuando regrese de Honduras.

(La nota continua)