La batalla por la resignificación de las palabras.

domingo, 8 de febrero de 2009


Por Ricardo Forster

Crisis del neoliberalismo y nuevos desafíos político-culturales



Cada época redefine y reinterpreta los lenguajes y los conceptos políticos para adaptarlos a sus propias necesidades; a veces se trata de matices, de modificaciones imperceptibles, mínimas, de esas que parecen no dejar marcas; otras, somos testigos de giros elocuentes, de cambios dramáticos en el sentido y en el contenido de lo nombrado, como si las nuevas necesidades abiertas por la escena actual exigiesen una profunda depuración de los modos del decir tradicionales. En tiempos de revolución nada permanece intocado y, mucho menos, las palabras con las que estábamos acostumbrados a decir y a nombrar las cosas y a la sociedad. Allí todo se perturba y entra en una redefinición sustancial buscando transformar las antiguas tradiciones en las nuevas gramáticas de la historia y del futuro.
Pero no hace falta imaginar un cataclismo social ni regresar sobre las sendas perdidas de la revolución para descubrir de qué distintos modos una época va produciendo sus interpretaciones y sus demonizaciones; cómo puede apropiarse de viejos conceptos para definirlos de otra manera haciéndoles jugar un juego muy distinto al que antes jugaba. Un giro conservador también lleva dentro suyo la capacidad para resignificar lenguajes y cosas, mundos materiales y sociales. En las dos décadas finales del siglo XX pudimos ver cómo el giro neoliberal no sólo modificaba de cuajo las reglas de la economía, las formas del intercambio y el universo del trabajo sino, más grave y sistemático, generó las condiciones para una colosal transformación cultural que sigue marcando a fuego nuestra actualidad y los modos a través de los que gran parte de los sujetos sociales se ven a sí mismos, miran a los otros y definen lo verdadero y lo falso de este tiempo político, económico y social. El neoliberalismo se apropió de los lenguajes de la industria del espectáculo y de la información movilizándolos con la intención de horadar el sentido común haciéndolo mutar hacia un nuevo régimen de valor.
Los grandes medios de comunicación jugaron un papel decisivo en la transformación cultural que le imprimió al mundo la ideología de mercado lanzando al tacho de los desperdicios todo aquello que podía recordar al Estado de Bienestar, a las políticas keynesianas de intervención, a la idea de responsabilidad solidaria entre los trabajadores activos y los jubilados sin dejar de mencionar la invisibilización que cayó sobre los sectores subalternos, esos vastos mundos populares que fueron silenciados y desposeídos de derechos y de identidades legítimas para convertirse simplemente en pobrecitos, en desclasados o en marginales irredimibles. La revolución cultural neoliberal logró naturalizar la pobreza y la ineficiencia “estructural” del Estado al mismo tiempo que iba vaciando de todo contenido el espacio público y a la política para dejar paso a la lógica empresarial y a sus recursos como nuevo maná del orden global. Se inició el tiempo del fervor privatizador, máxima panacea planetaria.
El santo y seña de la época fue la libre competencia, la desregulación y la flexibilización laboral. El mercado, esa sagrada “mano invisible” teorizada por Adam Smith en el siglo XVIII como punto de partida del liberalismo clásico, alcanzó su mayor dimensión mítica convirtiéndose en el verdadero dios de la época, suerte de gran padre universal por el que debía pasar todo lo significativo a la hora de definir si una nación era o no parte de la civilización. El mercado como absoluto, como paridor no sólo de la riqueza material sino, también y fundamentalmente, como garante último de la libertad y de la democracia. Unidad indisoluble entre mercado y democracia liberal, ése fue el núcleo ideológico de las últimas décadas. Manos libres, gramáticas de directorio de empresa, competencia, especulación financiera sin control alguno, organismos internacionales puestos al servicio de la ideología de mercado y de los intereses de los países centrales que les exigían a los periféricos que hicieran todo aquello que ellos no estaban dispuestos a hacer.
Las nuevas palabras desplazaron a las viejas o simplemente les hicieron dar un giro de 180 grados para que pasaran a significar otra cosa. Cayeron como dioses muertos aquellas ideas y prácticas que pudieran recordar ese otro tiempo en el que la lógica del mercado encontraba sus límites y sus reglas o, de un modo más radical, se utilizó el desbarrancamiento del régimen soviético para destituir de aquí a la eternidad cualquier opción anticapitalista o que simplemente se moviera por los continentes conceptuales de la igualdad o de la redistribución de la riqueza. Reinó una palabra única, monocorde, totalitaria pero camuflada con todo el glamour hollywoodense; la promesa californiana infectó las conciencias universales mientras la gran potencia imperial iba camino a su propia crisis sin antes arrojar sobre el planeta la barbarie militarista de los inolvidables texanos.
Entre nosotros, imitadores gustosos de las estéticas primermundistas, el menemismo, con la complicidad de amplios sectores de la economía, de la política y de la cultura (sin excluir a los progresistas de la Alianza, ansiosos por moralizar la política sin modificar un ápice la lógica perversa de la convertibilidad), terminó de realizar el plan iniciado por la dictadura, uno de cuyos ejes principales era la destrucción del aparato productivo junto con la desaparición de toda memoria ligada a la equidad social. El menemismo naturalizó los valores del mercado, los exacerbó, frivolizó la política, la vació de contenidos transformándola en un vodevil. Modificó las conciencias habilitando prácticas y políticas afincadas en la lógica del más puro egoísmo devastador del espacio público y de la solidaridad social. Sus palabras centrales fueron: privatización, primer mundo, mercado, relaciones carnales, flexibilización, shopping center, country, AFJP como sinónimo de una ancianidad a la sueca […] de la plata dulce a la convertibilidad la trama social y cultural de los argentinos fue profunda y decisivamente transformada hasta alcanzar niveles de desigualdad inimaginables apenas unas décadas atrás.
Tal vez por eso el centro de la contienda actual no sea el económico (la colosal crisis del sistema especulativo-financiero del capitalismo neoliberal habla por sí sola) sino, centralmente, el cultural y político. Tratar de remover años de penetración ideológica y de horadación del sentido común; buscar recomponer un tejido social desgarrado junto con los valores que le daban sustento a esa matriz igualitarista que atravesó durante gran parte del siglo XX a nuestra sociedad, es quizás el mayor desafío de una política popular y democrática. Y en ese desafío el modo de decir, las maneras del nombrar y la resignificación de las palabras serán fundamentales. Allí se dará una batalla sin la cual no habrá posibilidad cierta de modificar el rumbo de las cosas.